viernes, 20 de enero de 2017

Presidente Donald

Eran las 9 de la mañana en Washington DC. Donald y Melania entraban en la Iglesia de San John. La tradición manda, y cuando la cosa es nombrar un nuevo Presidente manda más todavía. Tras salir de la misa matinal acudían a la Casa Blanca, su nuevo hogar, donde ya les esperaban en la puerta los salientes, el matrimonio Obama.

Barack se había preocupado minutos antes de terminar de vaciar el Despacho Oval, su fuerte en los últimos 8 años, y supongo que se daría un último paseo por el enorme complejo con una mezcla de melancolía y alivio por dejar el poder. Desde hoy ya no le sigue un tipo con un maletín de 7kg, el famoso quaterback.

El recibimiento fue correcto, como no podía ser de otra manera. Obama, con corbata azul, y Michelle, con vestido rojo de vuelos más allá de las rodillas; saludaron cordialmente a Donald y Melania, que vestía un dos piezas azul celeste al estilo Jackie que tanto admira. Los nuevos habitantes de la Casa entregaron un presente, una caja azul con un lazo, del que no tardaron en deshacerse para las fotos de rigor. Pasaban varios minutos sobre las 10 de la mañana y la emoción crecía en el rostro de la ya Primera Dama.

Mientras, en el Capitolio, poco a poco llegaban los invitados. La Explanada que concluye en el impresionante Monumento al Presidente Washington no terminó de llenarse, ni siquiera cuando ya había comenzado la Ceremonia, dejando una imagen curiosa e identificativa de la actual sensación de los americanos. Fuera: movilizaciones. Miles de ciudadanos protestaban ante el que ellos dicen que no es su Presidente. Al paso del coche presidencial por la Avenida de Pennsylvania, cuando ya habían abandonado la Casa Blanca, se pudieron escuchar abucheos y pitos al magnate neoyorkino.

El día de Inauguración de la Legislatura siempre nos deja imágenes morbosas. Como por ejemplo ver a Hilaria, la perdedora, junto a su marido Bill y George W. Bush y Jimmy Carter en la tribuna. El suspiro antes de atravesar la puerta que conduce a las escaleras fue aclaratorio. No era cómodo estar ahí, o al menos en esas circunstancias. Menos preocupado se vio a su rival en las primarias demócratas, Bernie Sanders, que se presentó sonriente y animoso junto al resto de excandidatos y personalidades.

Y llegó el momento, tras Michelle, Barack, su esposa, sus vástagos y su vice Pence salía Donald Trump. Pulgar en alto y con esa sonrisa de niño bueno que también mostró la noche electoral. Paso firme y gesto sereno, con unas profundas ojeras marcadas y un cierto síntoma de nerviosismo. No todos los días a uno le nombran POTUS. Juró su cargo como lo han hecho todos desde el primer presidente, el señor Washington: desempeñar fielmente el cargo de Presidente de los Estados Unidos y, hasta el límite de sus capacidades, guardar, proteger y defender la Constitución americana.

Después vino su primer discurso como Presidente, del que remarco una frase que lanzó al mundo: “Desde ahora hay una nueva visión que gobernará la Tierra: los Estados Unidos primero”, una declaración de intenciones que hace temblar las canillas de más de uno.


Ya está aquí, ya es un hecho: Donald J. Trump es el Presidente de la primera potencia mundial. Ahora sólo nos queda esperar, y rezar el que sepa. A lo mejor no es tan malo. O quizás sea peor. Pero es lo que los americanos han votado: con su pan se lo coman. Buen provecho.

Suso

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