viernes, 2 de junio de 2017

Sevilla, crónica de un viaje mochilero

Con un sol de justicia, y tras 5 horas y media de Blablacar allí me planté: en plena Plaza de Armas, terminal de llegada y salida de autobuses sevillana, más perdido que Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. Me faltaba la cesta con gallinas, aunque haciendo honor a la verdad no me hacía falta. Con mi maleta de ruedas y el adoquinado hispalense todos los vecinos sabían por dónde me movía. El traqueteo, gracioso los primeros 30 segundos, cansino cuando te has arrastrado hasta Plaza de España con él, no consiguió sacarme de mi embelese.

Lo primero que hice al llegar fue ir a comer. Era la hora, pasadas las 2 y media de la tarde, y me lancé sobre un McDonald’s que fue lo que más a mano me pillaba. El tema “freidurías” (gran palabra) lo dejé para más tarde. Tras ello, directo al kiosko. A uno de los trescientosmil kioskos que Sevilla tiene, algo que me parece maravilloso. En la meseta, más concreto en la capital, a cada paso que das te encuentras un escaparate, o una boca de Metro. En Sevilla no, en Sevilla te encuentras un kiosko con el toldo del ABC. Y el ABC me compré, como no podía ser de otra forma. Me flipó, pero de la prensa hablaré más adelante.

Tras ello me puse a dar vueltas, buscando a ciegas toparme con una iglesia que me suene, una calle conocida o, por qué no, a alguien que conozca. Mi gozo en un pozo. Ni iglesia, ni calle ni famoso. Sólo encontré Cruzcampo cuando pedía una cerveza.

+“¿No tienes otra cosa?”
- “No hijo, aquí es lo que hay: Cruzcampo fresquita”
+ “Ele, pues ponme una Cruzcampo”
-“Las dos primeras saben raras, luego ya te acostumbras” (mentira)

Y me trinqué la Cruzcampo. Después, continué mi camino. Buscaba Plaza España y un amable kioskero me indicó: “Mira, esta esquina no, la siguiente tampoco, a la otra cruzas y llegas a San Fernando. Allí preguntas”. Eso hice. Al final un amable señor que notó que pronunciaba demasiado las “s” me dijo: “Cusha, shiquillo: ahora coge y zigue la vía der’tranvía. A la cuarta o quinta pará tieneh Maria Luiza, y de allí a PlasaSpaña hay un pazo”. Bendito sea él.

Traqueteo mediante allí me planté, a las 4 de la tarde con una caló que tú no veas. Busqué la sombra más próxima, planté la maleta y la mochila que pesaba un quintal, y entre guiris chinos, japoneses, alemanes y vaya-usté-a-saber-qué-más me leí el ABC y un cachito de “Antonia”, la excepcional novela de Nieves Concostrina. Tras una hora larga allí decidí irme a ver la Maestranza, donde había quedado para que me recogiesen.

La Catedral del Toreo, como publicita Pagés en los carteles, me resultó espectacular. Y eso que no entré. Ver la Calle Iris en directo, aunque no lo crean, emociona. Y rodear la plaza siguiendo sus escaparates, algo que me sorprendió sobremanera. Tras el paseo, y el ratito echao frente a la estatua de Curro, me fui en busca de otra Cruzcampo. Y cogí el bar más taurino posible: “La Taquilla”, donde hice amistad con el camarero. Allí, tras hablar de toros, de Emilio Muñoz y de la mili en Vicálvaro del tabernero sevillano, descansé del trajín un rato. Dos Cruzcampos después estaba despidiéndome de mi amigo y yendo en busca del coche que me llevase a Gerena, a casa.

Fue allí, a unos 20km de Sevilla, donde pasé la mayor parte del tiempo, a excepción de ese primer día que, dado que el martes era día feriado en Sevilla por San Fernando, salimos a pulsar la noche andaluza. Pija y posturil serían mis adjetivos primeros, pero no sería justo. También hay buena gente. Me apasionó que usen la Isla de la Cartuja para salir de fiesta, ea, algo tendrán que hacer con ello. Agradezco esa noche de fiesta porque me sirvió para, ya entrada la mañana, ver la Basílica de la Macarena y pasar porbajo su arco. Increíble. Pelos de punta viendo el blanco y amarillo de la fachada, recordando tantas madrugás por Canal Sur viendo salir a la Reina de Sevilla, y entrando bien pasado el mediodía al son de alguna saeta.

Tras la noche, tan cara como si hubiese sido en la capital, llegó la calma. El martes compré la prensa, ABC y el Correo de Andalucía (que aunque ponga de Andalucía es sólo de Sevilla); y gracias a ello aprendí quién era San Fernando, por qué era tan reconocido allí, los posibles significados de NO8DO (quien haya ido lo habrá visto cienmil veces) y que la gente va a ver al rey muerto mientras se santiguan. Porque sí, allí tienen al hombre casi un milenio después decúbito supino (tieso como la mojama) en el ataúd de cristal, con su corona y su parafernalia puesta. Dicen, leí, que de esa momia Murillo pintó sus retratos del rey cuatrocientos años después. Y que le flipó para los restos. No es pa’ menos…

La prensa, de lo que quiero hablar, me encantó. Comprar el ABC en Sevilla no es lo mismo que comprarlo en Madrid. No sólo porque tenga 4 artículos más de opinión, y más interesantes; no sólo por 2 páginas más de Enfoque (donde suelen echar cuenta a los toros a diario), no sólo por el artículo diario de Francisco “Paco” Robles. Es otro periódico distinto y no sabría explicarlo. Se disfruta más, de verdad. Pero sólo el ABC. Por ejemplo, en El Mundo meten dos páginas de “Andalucía” y apañao. Debe ser que lo dan por perdido… O que no están ellos para pensar las ediciones provinciales de los periódicos, bastante tienen con saber quién es el director (gloria al Cuartango defenestrado) y pagar las nóminas a quien corresponde.

Así, con el ABC por medio, con Juan y Medio y Canal Sur, y con calor; eché unos días en Sevilla (capital y provincia). Descubrí la ciudad de los colores, del río (del Guadalquivir y del falso, un canal según me contaron), de las fachadas impolutas, limpias y conservando el aroma a añejo que Madrid ha perdido. Una pena para Madrid, una suerte para Sevilla. Ellos piensan (seguramente con razón) que se les está llenando de guiris la ciudad. Que molestan las despedidas de soltero y las fiestas nocturnas sea el día que sea. Saben que son los que pasan por caja y que gracias a ellos viven, en parte. Pero se esfuerzan por defender lo suyo: su ciudad, su pueblo, decía Antonio Burgos. Y no quieren perder la esencia. Lo aplaudo. Aquí lo hemos dado por perdido, pero les animo a continuar la lucha. Sevilla es tradición, no turisteo barato.


¡Viva Sevilla!

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