lunes, 22 de mayo de 2017

Cualquier tiempo pasado fue mejor

Querido amigo:

Pensamos que este día nunca llegaría. No creímos el órdago que nos echaron los mandamases y soñamos con seguir juntos toda la vida. Pero no. Al final se salieron con la suya: a nosotros nos echan a la periferia y a ti… a ti te convertirán en residencias con zonas verdes. Pero seguirás siendo tú. Seguiré pasando por la orilla del Manzanares y recordaré tu silueta, tu imagen, tu olor… A ti. Porque ni te vas, ni te mueres. Te tapan quién sabe con qué fin.

Me han permitido vivir contigo casi 6 años, tu último lustro, y puedo asegurarte, amigo, que en tus gradas he sido la persona más feliz del mundo. En tu césped he conocido la felicidad y pasión del oso y el madroño, el de verdad, el que mira a la izquierda. Costó despedirse porque ni tú ni nosotros queríamos. Sólo querían ellos, como siempre. Con eso basta.

Ayer no fue un día fácil. Llegué bien temprano a tus entrañas, porque tocaba preparar la despedida. Con más o menos ganas, con más o menos ilusión, es lo que nos tocaba. Y es lo que debíamos hacer. Por ti, por nosotros y por los de las gradas. Tantas horas de ensayo merecieron la pena y el césped se tiñó de rojiblanco para despedirse de sus leyendas. Ya antes la gente había comenzado las despedidas: cánticos a Radomir Antic o Perea, que saludaron desde el tendido; a Godín, Filipe y Giménez, quien ofreció su hijo al estadio como si de Simba se tratase; o la despedida de Margarita. Ella, ayer, puso su último ramo en el córner de Fondo Sur. Estuvo Milinko Pantic y no sé si se llevaría lo que le pertenece, pero Margarita se llevó la mayor ovación de su vida. Se la merece. Primero, cuando dejó el ramo de claveles rojos y blancos que trae desde Talavera; y después cuando el Fondo Sur sacó una pancarta agradeciendo su ramo. Era para Pantic, pero todos lo creíamos nuestro. Y que nadie lo tocase. Dice que en la Peineta también lo llevará… pero nada volverá a ser como antes.

Ayer, Pablo cumplía 17 días de vida. Su padre se lo llevó porque tenía que conocerte. Conocer nuestro Templo. Aunque no tenga oportunidad remota de acordarse, aunque después salga del Madrid como su madre, el Papá de Pablo se vio en la obligación moral de llevarlo. Él recordaba cuando le llevaba su padre, y él le podrá decir a Pablo que le tuvo en sus brazos en el Calderón. No fue el único peque que vi, pero sí el más pequeño.

Pero había más abuelos que niños, y a ellos testé sobre el cambio de estadio. María, de 78 años, me dijo: “mira hijo, yo he vivido el Metropolitano. Cuando nos fuimos de allí lloramos mucho, nos dio pena, pero sabíamos que aquí creceríamos más. Ahora toca también salir y crecer”. Ella confía en que la Peineta deje de serlo. Yo no. José, de 81 años, no lo tenía tan claro: “me parece una vergüenza, asqueroso. Nos echan de nuestro estadio, el que yo he pagado, y mi padre y mi abuelo. Primero nos roban y ahora nos desahucian, yo no sé si me voy a cambiar de estadio. Me duele en el alma”, decía. Y se le inundaban los ojos de lágrimas. Como a Marcelo, de 62 años, que recordaba el día de la inauguración: “recuerdo venir, sin estar aún terminado, y a mi padre decirme que íbamos al mejor estadio de Europa, todos sentados y no como en Chamartín o Barcelona, que algunos iban aún de pie”. Ese era el sentimiento. Entre la lágrima de emoción (y rabia) y la confianza en la evolución.

El cambio de estadio, malquepese, pasa. El cambio de escudo no. Dicho sea de paso, durante el homenaje se cantó contra esto (“El escudo no se toca”), y se pitó a la Peineta en varias ocasiones. Gloria y honor a aquellos. Tragamos, pero por lo menos que se note la oposición.

Ayer, querido amigo, te despedí. Aunque no lo haya hecho de verdad. Te brindé mis últimas lágrimas sobre tu césped, no pude contenerlo. Ya sabes que ni mucho menos era la primera vez que lloraba en tus entrañas, pero esta vez sí fue la última, para desconsuelo de todos. Se acabó lo que se daba y ya sólo serás un lejano recuerdo. El presente está en San Blas.

Pero te recordaremos siempre como lo que has sido: nuestro estadio. El de todos los atléticos. El de “Ya estamos en nuestra casa y nadie nos ha humillado”. El de las previas fuera, el del río al lado, el de la M-30 porbajo nuestra. El Templo que veneramos no volverá a prender sus focos para que ruede el balón. Nuestro Calderón, tú, aquél a quien el dúo proscrito ha dejado morir en una excepcional maniobra de chanchulleo y oportunismo consistente en no invertir un solo euro (ni una peseta, que viene de entonces) en tu mejora, en tu rehabilitación que tanta falta te hacía.

Lo dije hace meses, y lo ha repetido doña María José Navarro (a quien tuve gusto ayer de conocer) en los últimos días, tanto en Cope como en La Razón: “yo no cambio mi pisito en el centro de Madrid por el adosado en el extrarradio”. Yo tampoco, Marijose. Pero nos obligan.

A ti, mi estadio, te dedico los últimos versos de, quizás, el poema más famoso de Manrique en su elegía “Coplas a la muerte de mi padre”:

“(…) cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.”

Gracias Glorioso, gracias por tantos años. Te echaremos mucho de menos. Casi tanto como tú a nosotros. Pero tu espíritu volverá, acuérdate. Cuando consigamos volver, tú volverás. Porque volveremos, aunque la Justicia no esté de nuestro lado.

Te quiero, amigo


Suso 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Fusilados al amanecer

3 de mayo de 1808, Madrid. Tras el Levantamiento contra el ejército francés del día anterior una parte del noble pueblo madrileño es fusilada en la montaña de Príncipe Pío, y así lo representa Francisco de Goya en uno de sus cuadros más conocidos mundialmente. Está en el Prado, quien mira de frente a Neptuno.

209 años después una legión de indios madrileños (muchos fuera de Madrid) se ha levantado con la misma cara que el protagonista de la obra, a sabiendas que anoche un portugués (supuesto lugar de destino del pillo Napoleón) fusiló, una vez más, sus esperanzas de alcanzar la tierra prometida: la libertad frente al absolutismo blanco. No se opuso fuerza contra el Régimen, y eso es lo que duele. A mes visto el partido de Liga se antoja un milagro: salió una vez, dos no. Y menos seguidas. Se volvió a ver al Atleti tembloroso en el Bernabéu, con caras de agonía casi cuando no se había jugado ni un cuarto de la eliminatoria. Y acabó mal, pero no tanto como pudo ser.

Me ha costado enfrentarme a estas líneas, la verdad. Lo que hubiese escrito anoche era impublicable, y aún hoy cuando intentamos recuperarnos del golpe me muerdo la lengua y me enveneno por no señalar a nadie. No lo haré, no es lo que toca. Lo que pienso está escrito en esta bitácora y seguramente hoy no sea el día de repetirlo. Toca levantarse.

La eliminatoria está perdida, eso parece evidente. Las opciones de remontada son nulas, y más sabiendo que cuentan con hipotéticos (hipotetiquísimos) 120 minutos para hacer un gol. Lo que toca es dar la cara, lo que no se hizo anoche. Toca ganar, o no perder, y cerrar de la manera más aseada, digna y honrosa la que ha sido nuestra casa durante medio siglo. Y después a seguir peleando, estamos acostumbrados. Desde el Motín del Cholo, allá por diciembre de 2011, muchas han sido las batallas y pocas las victorias. Pero la lucha forja al guerrero y, si él sigue, continuará haciendo un equipo competitivo en casa y fuera. No estaría de más que le comprasen un par de espadas afiladas que ayudasen a defenderse.

Esta temporada parece cerrada. A Dios gracias el Sevilla cayó estrepitosamente en Málaga y soltó varios nudos la soga que tenían los colchoneros al cuello. Toca despedirse de nuestro pisito en el centro, tan cuco él, y empezar a mirar como realidad el secarral apegao a Coslada. Allí estaremos en septiembre, dicen. Ojalá esté Griezmann.


-Estoy mirando la cartelera para el miércoles y no me decido: son todas malísimas. Pero la del Calderón va a ser de miedo… Voy a mirar el teatro.


Suso